Sobre la Eucaristía (2da parte)
La Eucaristía como sacrificio
Una verdad a menudo olvidada sobre
la Eucaristía es que se refiere tanto a un sacrificio como a un sacramento. La
Santa Misa, que a menudo llamamos la celebración de la Eucaristía, es un
sacrificio. Por eso se lleva a cabo en un "altar" y no simplemente en una "mesa".
En la Misa, el supremo y último sacrificio del Calvario, la muerte sacrificial
del Hijo de Dios por nuestra salvación, es representado, conmemorado, es decir, —hecho presente una vez
más— en el altar.
Han surgido muchas preguntas a lo
largo de los siglos sobre cómo puede ser la Misa un sacrificio, y aunque no es nuestra intención plantear, y mucho menos responder, todas esas preguntas aquí, podemos responder sin lugar a dudas que es la forma en la que la Iglesia, desde sus mismos inicios, cumple lo que Cristo ordenó en la Última
Cena, la primera Misa: "Este es mi cuerpo, que será entregado por vosotros... Esta copa es la nueva alianza en mi sangre, que será derramada por
vosotros", y "Hagan esto en memoria de mí" (Lc 22, 19-20). En
estas palabras, Cristo ofrece su cuerpo y sangre precisamente como un regalo hecho sacrificio para nosotros, y nos ordena hacer lo que él ha hecho.
Una interesante analogía es la propuesta por el Monseñor Ronald Knox (sacerdote ingles de la primera mitad del siglo XX), en la cual compara la Santa Misa con la interpretación de una sinfonía. Así como un músico ejecuta una obra maestra musical una y otra vez para transmitir su belleza y significado, los sacerdotes celebran la Eucaristía diariamente en nombre de la comunidad cristiana para hacer presente el sacrificio de Cristo de manera continua a lo largo del tiempo y el espacio.
El misterio de la Eucaristía como sacrificio también nos invita a reflexionar sobre la naturaleza del amor divino. A través de la Misa, somos testigos del amor sacrificial de Cristo, quien entrega su cuerpo y su sangre por nosotros en un acto de total entrega. Este sacrificio nos desafía a responder con generosidad y entrega a nuestro prójimo, siguiendo el ejemplo de Cristo y viviendo en servicio y solidaridad con los demás.
Además, la Eucaristía como sacrificio nos recuerda que nuestra participación en la vida de la Iglesia no es meramente pasiva, sino que requiere una respuesta activa y comprometida por parte de cada uno de nosotros. Al unirnos a Cristo en su sacrificio, nos comprometemos a llevar su amor y su misericordia al mundo, convirtiéndonos en instrumentos de su paz y reconciliación en un mundo necesitado de sanación y redención.
Asi, la Eucaristía como sacrificio es una expresión suprema del amor de Dios por la humanidad y un recordatorio constante de nuestra llamada a vivir en respuesta a ese amor. En cada celebración eucarística, somos invitados a renovar nuestra entrega a Cristo y a comprometernos a seguir su ejemplo de servicio y amor hacia los demás. Esta renovación constante de nuestro compromiso nos impulsa a ser agentes activos de cambio en el mundo, llevando la luz y el amor de Cristo a todos los rincones de la tierra.


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